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Se pelean por Dios en Texas y nadie preguntó a los que rezan: el votante hispano ante dos partidos que quieren su fe como aval y no como criterio

El Washington Post celebró este jueves a los cristianos progresistas que disputan a los republicanos la propiedad de Dios en la carrera al Senado por Texas. La discusión se libra entre dos versiones anglosajonas del cristianismo político, y ocurre en el estado con una de las mayores poblaciones hispanas del país: cuarenta por ciento de los texanos, a quienes ambos bandos cuentan como votos y ninguno consulta como creyentes.

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Se pelean por Dios en Texas y nadie preguntó a los que rezan: el votante hispano ante dos partidos que quieren su fe como aval y no como criterio

Hay una discusión abierta en Texas sobre a quién pertenece Dios, y conviene advertir de entrada que se está celebrando sin los principales interesados. El Washington Post publicó este jueves una columna de opinión que aplaude a los cristianos progresistas —encabezados por James Talarico, representante estatal, seminarista presbiteriano y candidato demócrata al Senado— por disputar a los republicanos la propiedad de la fe, y que concluye, con una franqueza que agradecemos, que el intento fracasará mientras el Partido Demócrata no se modere. Es decir: el rescate de Dios se juzgará por su rendimiento en las urnas. Lo notable no es la tesis, sino el escenario. Todo esto se debate en el estado donde cuatro de cada diez habitantes son hispanos, la mayoría de tradición católica, en una campaña que los dos bandos disputan con la calculadora del padrón en la mano. Sobre ellos se habla mucho. Con ellos, casi nada.

El dato que ninguna de las dos teologías políticas quiere mirar de frente es el siguiente: el mapa religioso que ambas dan por descontado no incluye al lector de estas líneas. El republicanismo bíblico se apoya en el protestante blanco, que vota en bloque desde hace cuarenta años y en cuyo imaginario la nación tiene una genealogía peregrina, puritana y anglófona en la que la cristiandad hispana de este continente —anterior en un siglo a Plymouth, con universidad en México en 1551 y misiones en San Antonio antes de que existiera la república— simplemente no figura. El progresismo religioso, por su parte, ha construido su coalición sobre el electorado sin afiliación religiosa, el segmento que crece más rápido y el que menos entiende por qué alguien habría de arrodillarse ante nada. Los dos necesitan el voto hispano y ninguno de los dos lo necesita creyente: al primero le sirve disciplinado y al segundo le sirve secularizado. Que la comunidad hispana sea, en la práctica, la mayor reserva de cristianismo practicante que le queda al país no es para ninguno de los dos una realidad teológica, sino un renglón del modelo estadístico.

De ahí que la pelea se libre con un vocabulario que a nosotros nos resulta extraño. Talarico dijo en 2021, en un debate legislativo sobre deportes escolares, que Dios no es binario, y sus adversarios lo persiguen con esa frase desde entonces —ahora en un anuncio ensamblado con inteligencia artificial, pequeño prodigio de la época: medios sintéticos fabricados para litigar un agravio religioso. Y aquí hay que decir lo que casi nadie ha dicho, porque desmonta a los dos bandos a la vez. Como metafísica, la afirmación es una obviedad: Dios no es cuerpo, no tiene sexo, y así lo enseñaron los grandes doctores durante diecisiete siglos, de modo que la aclaración posterior del candidato —que Dios está más allá del género— no escandalizaría a nadie que los haya leído. El escándalo está en otra parte, y es de la casa: consiste en convertir una verdad antigua y delicada en arma de debate parlamentario, en usar la trascendencia divina como aval de una posición legislativa que esa verdad no aborda. No fue herejía. Fue algo más corrosivo y perfectamente bipartidista: rebajar la teología a retórica, exactamente lo que hacen sus adversarios cuando envuelven un arancel en las Bienaventuranzas.

Dos partidos, un electorado que reza en otra lengua

Conviene además reparar en un detalle que el entusiasmo periodístico omite: el modelo religioso que se propone como rescate lleva sesenta años vaciándose. Las denominaciones protestantes históricas que abrazaron con más entusiasmo la acomodación al espíritu de la época son precisamente las que cierran templos y seminarios, y cuya edad media avanza hacia el horizonte actuarial. La razón no es misteriosa. Una fe que llega siempre a las conclusiones que el vecino ilustrado ya había alcanzado cinco años antes no le da a nadie un motivo para madrugar el domingo, porque para saber lo que la cultura ya enseña no hace falta una iglesia. Y esto no es un argumento de partido: vale igual contra el templo próspero que cambió el Sermón de la Montaña por una ideología de mercado con bandera. Ambas versiones se vacían mientras suben el volumen, y por el mismo motivo: la fe que funciona como capellanía del poder —de cualquier poder— pierde la autoridad que hacía valiosa su bendición.

Y con todo, hay que concederle al candidato algo que sus burladores no ven, porque señala el lugar exacto donde la conversación pública se ha vuelto imposible. Cuando dice que la frontera debería ser como un porche —felpudo de bienvenida delante y cerradura en la puerta— está buscando a tientas una síntesis moral que las dos ortodoxias disponibles han vuelto indecible: que el forastero porta una dignidad inviolable y que la casa tiene derecho a sus muros, y que no son dos afirmaciones en competencia sino la misma, porque solo una casa que existe puede ofrecer hospitalidad. Que ese razonamiento elemental suene hoy exótico mide con precisión lo que este duopolio le ha costado al país. Cada partido conserva la mitad de la tradición moral que le conviene y persigue la otra mitad como fanatismo o como libertinaje; y el ciudadano que sostiene las dos mitades a la vez —que suele ser, casualmente, el que de verdad va a misa— no encuentra casilla en la boleta.

Al votante hispano de Texas se le pide, en definitiva, que preste su fe a una de dos campañas que la quieren como respaldo y no como criterio. Frente a esa oferta, la respuesta digna no es elegir bando con entusiasmo, sino invertir la pregunta y hacerla en voz alta: no qué puede hacer Dios por esta coalición, sino a qué está dispuesta esta coalición a renunciar por obedecerlo. Mientras ninguna de las dos acepte perder una elección antes que recortar un mandamiento, la disputa por la propiedad de Dios seguirá siendo lo que era esta mañana en la portada: una discusión entre dos departamentos de marketing por una marca cuyo Dueño, según todos los indicios, no fue consultado. Los sesenta millones de hispanos de este país no tienen que esperar el resultado para saber a quién pertenece: lo saben desde antes de que existieran los dos partidos, y lo recuerdan cada 12 de diciembre.

Nota Legal: El presente análisis crítico se realiza bajo el amparo del Art. 28 (noticias de interés general) y el Art. 10 (derecho de cita) de la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual de la República Argentina. La obra original y su título pertenecen a su respectivo autor y medio de publicación, citados en esta página.

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