Los demógrafos cuentan cabezas; rara vez cuentan almas. Cuando la estadística oficial registra que más de sesenta millones de personas de origen hispano habitan hoy los Estados Unidos, cree haber dicho algo, y en realidad no ha dicho casi nada. Porque lo decisivo de esa muchedumbre no es su volumen ni su peso electoral, tan codiciado cada cuatro años por las maquinarias partidarias, sino aquello que trae consigo y que ningún censo sabe medir: una manera entera de estar en el mundo, forjada durante cinco siglos por el bautismo, la lengua de Castilla y la mesa familiar. En un país cuyas iglesias históricas se vacían y cuyos vínculos comunitarios se disuelven en la soledad digital, la comunidad hispana constituye, con frecuencia sin proponérselo, la mayor reserva espiritual de América del Norte. No es una minoría que pide permiso: es un pueblo que porta un tesoro, y la primera batalla consiste en que él mismo lo sepa.
Ese tesoro tiene rostro y tiene nombre. Es la Morenita del Tepeyac presidiendo el altar doméstico junto a las fotografías de los abuelos; son las posadas de diciembre que convierten la calle de un suburbio texano en camino de Belén; es el compadrazgo, institución jurídica del afecto, que multiplica los padres de cada niño; es la quinceañera que, por debajo del alquiler del salón y del vestido, sigue siendo una acción de gracias por la vida que llega a su promesa. La sociología llama a todo esto, con su neutralidad exangüe, "religiosidad popular". Habría que decir, con más justicia, que se trata de una civilización condensada en gestos: la certeza de que la vida se recibe y se transmite, de que los muertos no se descartan sino que se veneran, de que nadie es huérfano porque hay una Madre común. Frente al individuo atomizado que produce la modernidad tardía —sin ancestros, sin descendencia deseada, sin más comunidad que la marca que consume—, la familia extensa hispana, ruidosa e imperfecta, es una anomalía bendita: el último lugar donde el hombre no está solo.

Pero sobre esa reserva se cierne un doble asedio, y conviene nombrarlo sin eufemismos. El primero es la asimilación materialista. El viejo crisol norteamericano, cuando existió, fundía a los recién llegados en un credo cívico exigente; el crisol actual funde en algo mucho más pobre: el consumo. Al inmigrante ya no se le pide que abrace una constitución, sino que abrace un centro comercial. La segunda generación pierde el español en la escuela y la fe en la universidad, y a cambio recibe la promesa de una prosperidad entendida como acumulación sin finalidad, ese evangelio de la tarjeta de crédito que mide la dignidad del hombre por el código postal de su casa. No es la prosperidad lo que corrompe —el pobre que emigró para que sus hijos no lo fueran merece todo el respeto—, sino la reducción de la vida entera a la prosperidad, la amputación silenciosa de todo lo que no cotiza: el domingo, el rosario de la abuela, la sobremesa, el apellido.
El segundo asedio es más sutil porque se presenta con ropaje de justicia. Desde las cátedras y las burocracias culturales se le repite al hispano que su catolicismo es una imposición colonial, una cicatriz de la que debería avergonzarse, y que su identidad verdadera yacería en un pasado precolombino químicamente puro que los ideólogos reconstruyen a la medida de sus resentimientos. Este indigenismo de campus, que rara vez hablan quienes efectivamente conservan las lenguas originarias, comete la falsificación histórica de negar el hecho central de nuestra América: el mestizaje. La refutación más elocuente no la escribió ningún polemista; la dejó impresa la propia Virgen en la tilma de Juan Diego. En Guadalupe, la Madre de Dios toma el rostro moreno, habla náhuatl, se aparece a un indio y funda con él un pueblo nuevo que no es ya ni azteca ni castellano, sino ambas cosas elevadas a comunión. Quien le arranca al hispano su matriz católica no lo libera de ninguna colonia: lo deja desnudo ante la única colonización realmente vigente, la del mercado y la ideología, que no funda pueblos sino que los disuelve.
De ahí la falsedad del dilema que ambos asedios, cada uno a su modo, le proponen: elegir entre prosperar y creer, entre el ascenso material y la fidelidad a lo recibido. La experiencia cotidiana de millones de familias lo desmiente. El obrero que madruga en Chicago o en Houston no trabaja contra su fe sino desde ella: su laboriosidad es prolongación del cuarto mandamiento, su austeridad es ascética práctica, y las remesas que envía al sur son una forma moderna de la caridad más antigua, la que empieza por los propios. Las comunidades hispanas que conservan intacta su vida parroquial exhiben, de hecho, los vínculos que toda la literatura sociológica identifica con el florecimiento humano: matrimonios que perduran, niños que nacen, ancianos que no mueren solos. Creer no es el precio del atraso; es el capital que el desarraigo todavía no ha logrado expropiar.
Por eso el hispano de Estados Unidos no debe pensarse como huésped tolerado ni como víctima profesional, sino como heredero y como puente. Heredero, porque su presencia en estas tierras no comenzó con ninguna frontera reciente: cuando los peregrinos del Mayflower avistaron el cabo Cod, hacía ya más de medio siglo que se celebraba misa en San Agustín de la Florida y que Santa Fe se preparaba para alzar sus muros de adobe. La hispanidad no llegó a este país: estaba en él desde antes de que existiera. Y puente, porque en su sangre y en su lengua conviven las dos Américas, la sajona y la ibérica, y ninguna otra comunidad está en condiciones de traducirlas entre sí. A una nación fatigada de su propio vacío, el hispano puede ofrecerle lo que ninguna política pública sabe fabricar: la evidencia vivida de que la familia es posible, de que la fe engendra cultura y de que el arraigo no es enemigo de la libertad sino su suelo nutricio.
La tarea, entonces, no es replegarse ni disolverse, sino custodiar y ofrecer. Custodiar la lengua en el hogar aunque la calle hable otra; sostener el altar doméstico aunque el calendario laboral lo ignore; defender la mesa compartida contra la tiranía de las pantallas; llevar a los hijos ante la Morenita para que sepan de quién son antes de que el mundo intente venderles identidades de temporada. Nada de esto es nostalgia: es estrategia civilizatoria. Si la comunidad hispana permanece fiel a su matriz católica y familiar, no solo se salvará a sí misma del desarraigo que devora a las sociedades opulentas; será también, para el conjunto de Estados Unidos, lo que fueron los monasterios para la Europa de las invasiones: el lugar donde se guardó encendido el fuego, a la espera de que los demás volvieran a tener frío y quisieran, otra vez, calentarse.

